El compás de las ciudades: revisión de Noche en la tierra | por Mara González de Ozaeta

Night on earth | Jim Jarmusch

La atroz soberbia de creer que se escoge el taxi en el que se sube puede ponerse en nuestra contra. La verdad es que estamos al son de las circunstancias y que poco tienen que decir nuestras decisiones acerca del camino que hemos tomado. Mas bien la oportunidad flota en el aire, está por todas partes, como la muerte. En honor a la fruición que nos prestan los momentos más tranquilos, y pensándolo bien, la oportunidad hace patente el instante en que vivimos antes de que venga otra cosa a reemplazarlo. Si en algún caso, gracioso, tenemos la ocasión de percibir este fenómeno, entonces parece que el tiempo nos enseñe todas sus caras, igual que se despliega la página central de uno de esos magazines.  Así como el acordeón hace al estirarse mostrando toda su sonoridad, también la vivencia del tiempo de pronto ilumina todos los detalles. Por eso ahora me parece que con una sola inspiración me quede un poco más de aliento de lo normal, durante más  tiempo. Y en esa ventaja arrítmica aprovecho para entender la ciudad que me rodea.


El taxi no se demora, no me importa el destino que llevamos, los coches pasean por las aceras entre un sinfín de luces y de asuntos que ocupan la mente de distracciones. En cambio yo ahora puedo ponerme a imaginar con claridad nocturna qué puede estar ocurriendo en otra parte del mundo, en otro taxi igual a este,  a través de las calles de otra metrópolis iluminada. Seguro que sus carreteras también se encuentran pobladas de tráfico a estas horas, pues el destino del hombre es preparar el mañana. Agitados, desvelados, perseguimos al tiempo en mitad del sueño de otros. Por fin me siento realmente despierta cuando me muevo entre alientos y ronquidos sordos, a cargo de una vida un tanto alienada del ritmo natural que tamborilea como loca con los últimos espasmos de cafeína. Aunque siempre persigamos la oportunidad del día, tengo que reconocer que solo puede comprenderse bien nuestra existencia cuando recuperamos el aliento, en el asiento de atrás del taxi, por ejemplo, mientras miramos atónitos el rastro borroso de la carretera.


Ensimismada me pongo a pensar en aquella película de Jarmusch, Noche en la tierra (1991). Cada personaje, como cada episodio, representaba a una ciudad del mundo. La esencia del filme se escondía tras el encuentro de dos personajes principales: el taxista que conduce a través de la noche y el conducido que, al igual que el espectador, asiste al espectáculo urbano mediado por la fuerza del género “road movie”. Ahora miro la mano de este taxista mientras empuña la palanca de frenos. Temo no aprovechar la oportunidad de adivinar a partir de un par de palabras y miradas esa porción del mundo que nos pertenece: nuestra ciudad. Nuestra ciudad nos pone al encuentro, por eso tenemos algo en común. Las ciudades tienen un ritmo oculto similar al movimiento rotatorio de la tierra. En medio del compás y por mucho que creamos llevar una dirección, en realidad la vida nos lleva a cuestas… nos deja un poco a nuestro aire, sí, pero solo para ver qué tontería hacemos. El taxista es entonces, como un director de cine, como el hombre orquesta. Nos lleva de una escena a otra, a través de planos y secuencias cortas o largas como avenidas. Quiere librarse del curso de otras miradas para pasar desapercibido, pero abre camino a nuestras vidas.



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El cine, como durante el tránsito del taxi, me permite reparar en el ritmo interno del mundo. Al igual que Jarmusch nos muestra con la introducción de Noche en la Tierra (1991), primero viene el espacio exterior. Es desde fuera, mirando al mundo girar, como entiendo ese compás que os describía antes. Desde esa hiperdistancia el globo terráqueo parece maleable, como plastilina. Pienso que quizá no fuera redondo primero, sino que su danza infinita le ha moldeado así. Desde fuera y mediadas por la particular manera de ver del director americano, se puede seguir la pista a algunas ciudades en particular: Los Angeles, Nueva York, Roma, Paris y Helsinki. El realizador nos muestra cómo la estela de luz que el sol deja a su rastro se resiste a abandonar esas metrópolis en las últimas horas del día. Y es que la estructura del filme toma la rotación de la tierra y la noche como parámetros narrativos principales. Se comporta igual que si dejáramos un solo dedo posado sobre la carcasa de un pequeño taxi de maqueta. Lo deslizamos sobre la superficie del globo y recorre cinco ciudades distintas antes de detenerse en Helsinki cuando le sorprende otro amanecer. En esta película se viaja en el tiempo puesto que la distancia que recorre el espectador es inalcanzable en una sola noche. Por eso esta “noche en la tierra” es la eternidad. Al cabo de un par de vueltas por la superficie el planeta, parece que Jarmusch meta al espectador dentro del globo terráqueo. De pronto me descubro en el epicentro de miles de vidas ocurriendo durante un solo trayecto de taxi y me parece ver sus caras. Gracias al filme podemos detener la inercia que embrutece nuestras vidas y, en cambio, dejarnos empujar por ese ritmo terráqueo e interestelar que es muy pegadizo y revelador. Ese ritmo, el compás interno de las ciudades, es la espada que el tiempo lleva encima para que nadie (ni Jarmusch) se atreva a desafiarle. Lo único que puede hacerse una vez descubierto es ponerse cómodo, conversar, disfrutar del camino, quizá contar un buen chiste, hablar del tiempo, de las cosas que se tienen en común. El secreto quizá sea no pasar inadvertido haciendo de la ruta una nueva experiencia sin preocuparnos tanto por estar a tiempo en nuestro destino, sino por estar en el tiempo.


Night on earth | Jim Jarmusch

Para reparar en la atemporalidad de las ciudades también debemos fijarnos mucho en los demás. En la ficción que escribe Jim Jarmusch me convencí de lo limitada que es nuestra percepción del ser, como limitada es también nuestra percepción del mundo. Por eso es notable que nos haga falta comunicarnos para entender de algún modo nuestra naturaleza. Si esquivo por el retrovisor al otro acompañante ninguno podemos adivinar casi nada acerca del otro. Por el contrario, cuando empiezo a fijarme en mi acompañante puedo apreciar que a pesar de parecer una niña Corky dirige el taxi como dirige su vida, hacia un objetivo claro. También puedo asegurar que aunque Helmut esta perdido en NY, porque no entiende las indicaciones que le dan, sin embargo no tiene miedo a perderse. El chico de costa de marfil a su vez cree poder entender cómo debe ser la vida de la chica ciega a la que lleva en el taxi, pero en realidad no tiene ni idea. Le guarda un callado aprecio y le tiene lástima, sin remediar antes sus propios asuntos.


En este instante que me invade ahora y con otros asuntos mas mundanos en la punta de los dedos, me deshago de tanta monedita perdida por el bolso y enseguida recapacito cuando veo frente a mí el rostro del conductor. Este es mi conductor de Taxi, así que le pregunto interesada: “¿Cómo se llama?”. “Eduardo, mucho gusto”, me contesta. “Buenas noches Eduardo y muchas gracias”. Se aleja… no solo él sino su taxi viejo. Su blancura pisotea el asfalto como si fuera un tractor mientras coletea la parte trasera, cansada después de tanto viaje… sin duda le falla la suspensión.



Mara González de Ozaeta



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